11 de noviembre de 2009

Rarezas de miércoles

Me subí a un taxi en la Roma, con dirección a mi casa.

El taxi olía a menudo*. Cuando íbamos por Hamburgo, el señor dijo:

- Esto era la zona más bonita de la ciudad y vea: ya toda llena de bolas, intransitable. Si fuera al centro de Iztapalapa -y le digo Iztapalapa- vería qué bonito está el centro. Y las velitas de la Balbuena. Ah...

- Pero es que están arreglando.

- Y ahí donde usted se subió, nooombre. Antes era otra colonia bien bonita. Ahora ya está toda sucia -¿no ve que nunca barren?-. Y además oscura. No hay ni alumbrado público...

- Es que...

- Para lo que pagan los que viven aquí, la de impuestos, debería estar mejor y no estas polvaredas y estas bolas y estas calles intransitables.

- Es...

- El gobierno tiene culpa de todo. Si usted viera...

- Aquí me bajo.

Y me bajé.









Creo que no fue tan raro después de todo.


* Para los extranjeros: menudo = caldo de vísceras rezumantes. Yomi.



9 de noviembre de 2009

Ejemplo de post del post anterior (metapost, pues)

El sábado, Luis Jorge dejó de ser mi amigo. Otra vez es el acosador.


Se escribe "Velvet", no me dejo caer a ningún lado y no soy tu nena... pues éste.


Abundaré. El viernes iba subiendo las escaleras con el camarada Reindertot, después de una visita relámpago a Tlatelolco y unos alambres (de comer), cuando me topé con el muchacho del 16. Me preguntó a dónde iba, cómo estaba y de cuál calzaba. A todo respondí con una mueca, mientras el camarada me hacía señas como preguntándome "así que éste es..."

Después, mientras el camarada descansaba, salí con los Candy y JP. Fuimos al centro, caminamos a lo tonto, le indicamos a un mochilero dónde había un hostal y finalmente entramos a una como fiesta en quién sabe dónde, pero era como un penthouse/bodega desde donde se veía todo el Centro Histórico. Estuvo fenomenal y nos pusimos hasta las chanclas y vimos un set de DJ acompañado de batería, que fue una de las cosas más "progresivas, weeee" que hemos visto en nuestra vida. Hasta recogimos un rin en la calle (aún no sé por qué) y nos lo llevamos de recuerdo.

Mientras tanto, el Acosador me mandó un SMS. Transcribo: "ya volvi de la calle ya te dormiste?". A lo que contesté algo escueto como "estoy en el centro". El Acosador, insistente, me contestó: "a que shido y si me imagino que a de seguir tu invitado en tu casa".

Ese ese-eme-ese para mí fue algo como "no estás sola, así que no puedo visitarte, así que nada, guiño guiño". O lo que es lo mismo: "me respondes, así que me das pie, así que me voy a lanzar, así que ya dejé de ser el amigo buena onda sin intenciones". Y después: "Pero cuando tu amigo se vaya, te puedo visitar, ya sabes, guiño, guiño". ¿Me equivoco?



















Oh, por Alá, creo que estoy muy paranoica.









¿O lo estoy?



6 de noviembre de 2009

Estúpida y sensual presión

Conozco muchos blogueros, antaño glorias de las letras en un monitor de computadora, que han ido abandonando de a poco el blog. Muchos hablan ya de la "muerte de la blogósfera", y la mayoría culpa a Twitter (ver este genial post de Defeña Salerosa).

Tener un blog es como firmar un contrato de exclusividad con tus intimidades. Por alguna razón, sientes que cada gran evento de tu vida, cada gran chascarrillo proferido en un momento de inspiración máxima, cada cambio de humor, cada mínima transición en el curso de tu vida habitual, debe ser consignado en tu blog.

Pero entonces, cuando los eventos se acumulan y uno no escribe, el blog se convierte en el monstruo del que ya he hablado: le tienes miedo, quieres manosearlo y escribir en él, pero sabes que sería un post tan largo y lleno de detalles que la sola idea te marea. Entonces lo dejas. Te alejas progresivamente.

Y luego piensas: debo regresar triunfalmente. Si, por ejemplo, no he posteado en un mes... debo regresar con EL post. Debo hacer reír, llorar, recordar, debo tener soundtrack y efectos especiales. Debo conmover a mis lectores.

No, queridos: esto lo escribo para ustedes, y saben bien quiénes son, que no han escrito en sus blós por semanas o meses. Regresen. Escriban. El método es el siguiente:

No se sientan presionados por escribir un post fenomenal. Regresen modestamente, como un teaser jocosón de lo que se avecina. Una anécdota idiota con la señora que atiende la cafetería de la escuela, una observación intrascendente sobre la forma de las monedas de diez pesos (o la errata de los billetes de cien pesos), una foto de un cartel con faltas de ortografía en el cajero de HSBC, un verso de una canción, lo que dicen dos personajes de la última película indie que viste en el cine... ¡El cielo es el límite!

Por mi parte, mucho he dejado pasar desde el debatido post politicoide, que además ni pude contestar.

En resumen:

Me titulé por fin. Fui a Querétaro un fin de semana que incluyó seis zopencos metidos en un motel con cervezas, la michelada intercambiada por la chelada y por la cubana, un desfile de zombies en un andador, quesadillas de huitlacoche, una peluca, caminatas interminables. Fui a Mixquic, que nomás fue la contemplación de un montón de velas sobre un panteonzote, pero excelente comida: mole, barbacoa, atole de amaranto, elotes, ponche, usted nómbrelo. Recibí al camarada Reindertot directo desde Venezuela, con el ron Pampero Aniversario de regalo (el original de piratas del caribe -- sin alusión a la banda noventera que tanto nos gustaba). Firmé el convenio por la beca que amablemente el Fonca me otorgará para escribir un librito de cuentos. Me queda menos de un mes de vivir en este depto y posiblemente en esta ciudad, temporalmente. El 4 de enero parto a Sudamérica y no regresaré sino hasta marzo...

No quería decírselos tan de sopetón. Casi todo ya lo había tuiteado, así que si me sigue, seguramente ya lo sabe. Y si no, aplicaré la salida más elegante:

¡Son unos zoquetes!



27 de octubre de 2009

Los Kings of Leon, dude (post politicoide)

Originalmente, si hubiera escrito esta entrada el jueves en la madrugada por ejemplo, hubiera garabateado una disertación sobre el white trash americano y los sueños-de-los-sureños -fea cacofonía- representados en un tipo excesivamente gesticulador con una voz aguardientosa que nos prendió en el concierto de los "Kings of Leon, duuuude" (pronúnciese con voz de pacheco gringo).

Pero pues no. De alguna manera, algunos hechos han nublado el concierto del jueves. Quiero escribir de otras cosas, pero no me salen. No aquí.

Últimamente, pienso mucho en el asunto de las manifestaciones sociales. Si tienen alguna utilidad. Pienso mucho en la única a la que he asistido, cuando iba en la preparatoria, y cómo aquello fue más bien un desfile de jocosidades, de ánimos compartidos, de adolescentes gritando "autonomía" y otras pavadas mientras se empujaban, hacían bromas y se congratulaban por perder clases.

Ahora, cada que pienso en manifestaciones, pienso en ese día. Y todo me parece tan pueril, tan innecesario, tan ingenuo. Tan inútil, sobre todo. Desde entonces no me he manifestado más, no he asistido a marchas, no he rayoneado mi descontento en una cartulina verde fosforescente mientras camino hombro con hombro con otros descontentos. Me sentiría, como me sentí ese día, totalmente inadecuada. Como una extranjera, como una hipócrita, como una estafadora.

Y no es que no comparta los motivos de las marchas. Son tan míos como de ellos, de los que gritan las consignas, pero sencillamente no puedo hacerlo. No creo en ello. No puedo disociar el pragmatismo del simbolismo.

En este momento, si en mí estuviera, me manifestaría. Desde hace unos meses, creo que más que en 2006 y los meses posteriores, se ha gestado en mí una desesperanza atroz.

Quiero escribir más al respecto en otro momento. Sólo quiero asentar que no he dejado de pensar en esto, sobre todo a raíz del asunto de las "manifestaciones" (si podemos llamarlas así) de los "twitteros" (si podemos llamarlos así) sobre el impuesto del 3% a las telecomunicaciones -al internet, para ser más específicos.

Desde luego, pensé que era una manifestación frívola, porque 12 pesos extras al mes es el menor de nuestros problemas como país -tal como tuiteé, irónicamente, desde mi conexión a Infinitum.

Sin embargo, ante la pregunta de qué hacemos los que criticamos la fotito en el Parque Hundido, me quedé helada. ¿Qué debemos hacer? ¿Cuál es la respuesta?

En nuestras charlas más catastrofistas, que es casi siempre, Jordy y yo estamos convencidos de que participaremos en el estallido social. No sabemos cómo, no sabemos cuándo, pero la desesperanza nos ha alcanzado. Éste ya no es nuestro país.



21 de octubre de 2009

¿Existe la bondad?

Yo sé que mi vecino del 16 "tiene intenciones", y que por lo general eso opera como incentivo para hacer favores. Pero me ha hecho muchos, no recuerdo en qué formas, ni cuántas veces, así que un día me encontré pensando en que él siempre ha sido muy amable. El único sujeto que ha sido amable en este puñetero edificio.

En este momento acaba de subirme la cubeta que dejé olvidada en el primer piso. Como nunca le contesto el teléfono, otra vez mansamente y sin pensarlo le di mi correo. Ahora, cada que oso conectarme al Messenger, me acosa con preguntas como qué tipo de música me gusta y "por qué soy tan callada" (evidentemente, no me conoce lo más mínimo).

En cuanto mencioné que había dejado la cubeta abajo, me dijo que iría corriendo a subirla. Ni siquiera fue una jugada barata como "voy a tocar tu puerta, y charlaremos, y una cosa llevará a la otra, y guiño guiño". Simplemente, la dejó junto a la reja. Sin tocar el timbre, sin gritar mi nombre, sin hacer aspavientos.

Cuando vi la cubeta al final del pasillo supe la clase de cerda ególatra pocas pulgas que he sido. Como si fuera un crimen tener intenciones. Como si corresponderé sus intenciones de todos modos. Como si...

Y a pesar de que siempre me ve con las peores fachas, con el cabello de Chimoltrufia y el rimel corrido y un suéter de abuelita amarrado con una bufanda, siempre me dice que me veo
linda. Lo dice así, nada de "qué guapa, qué sexy, qué cara". Nada, sólo linda... como los perros salchicha cachorros.

Este post maricón es inspirado por una frase que me dijo hace rato: "Eres muy cerrada, pero aún así me caes bien y espero que veas en mí un amigo".

¿Sabes una cosa, muchacho acosador? Sí, sí veo en ti un amigo.












Un amigo FREAK, eso sí.



20 de octubre de 2009

Por qué las rupturas son dolorosas

Hoy estaba viendo Felicity, una de mis series cursilonas preferidas, y sucedió la ruptura entre la mencionada muchacha y Noel (amor platónico de la adolescencia). Aunque no estoy atravesando por una ruptura ni nada parecido -esta clase de posts son lloriqueos crípticos para sacar "todo el dolor"-, de pronto sentí una cosa parecida a la empatía. Algo casi doloroso, como si en ese preciso momento me estuvieran partiendo el corazón también.

En el orden de acontecimientos, Felicity y Noel estaban atravesando por una mala racha, avivada por la llegada -tarán- de la ex novia de éste, con quien sostuvo una relación "muy profunda y tormentosa". Los ánimos estaban muy ríspidos, había miradas y frases como "no voy a decirte qué hacer" y "esto es muy complicado para mí" y "voy ir a cepillarme mis chinos" y "sí, no te preocupes, mientras tanto estaré aquí luciendo muy guapo", etcétera.

En todas las relaciones hay un punto de quiebra: de la nada aparecen las tensiones, y uno se habla pero como con enojo, o luego deja de hablarse y a la siguiente vez finge que todo está normal. Mientras tanto, se sigue con la vida como de costumbre, negando lo evidente: la relación se está yendo a la goma. Uno quiere salvarla, pero al mismo tiempo tiene rencores guardados, y todo es triste y extraño. Creo que las cosas no dichas siempre duelen más, las que están en la punta de la lengua: "no quiero terminar", "todavía te quiero", "eres una mierda de persona", etcétera, etcétera.

Regresando a mi serie, estaban Felicity y Noel discutiendo en el "dormitorio de estudiantes", y ella le preguntó si todavía amaba a su ex novia. Noel dijo que no, pero hubo una duda en su voz. De pronto él le dijo que no podía pedirle que lo esperara hasta saber qué sentía realmente (¡Por Alá! ¡Qué buena serie! ¡Qué buenos diálogos!). Y entonces ella:

Felicity (con ojos vidriosos): Oh, espera un momento... ¿Estás... estás terminando conmigo?


Ahí está todo el quid de mi disertación. En ese momento exacto, mezcla escepticismo y mezcla reto, en que no podemos creer que realmente nos están terminando. Es un vértigo, un dolor en la boca del estómago, como estar parados en el filo de una azotea y sentir que estamos a punto de caer, pero al mismo tiempo negarlo: no, no, estoy en tierra firme, esto no puede pasar, esto no está sucediendo.

Y en ese momento exacto desfilan todas las angustias futuras, no las pasadas. Todos los días en que estarás llorando con la cabeza hundida en la almohada, y no esos días en que eras feliz con tu pareja. Presientes que lo vas a pasar mal y es como un presagio atroz. Al mismo tiempo quisieras arreglarlo todo con otras palabras, regresar el tiempo, quisieras no haberte enredado en esa pelea estúpida en primer lugar, no haber dicho lo que sentías, haberte guardado todos tus enojos, soportarlo todo con tal de que no se terminara. Es el miedo lo que te mueve.

Creo que eso es lo que odio de las rupturas. Ese momento. Esa incredulidad. Ese "dime que no me estás terminando, por favor". Y hasta ese "por favor, no podemos terminar, por favor, dame otra oportunidad". Sí, como dijeran los gringos: he estado ahí, lo he hecho, y hasta me compré la camiseta.

Denme un tequila.

-lástima que no estoy terminando con nadie, ¡maldición! ¡Quiero algo de emoción en mi vida!-



16 de octubre de 2009

También puedo vengarme


El día del concierto de Placebo bajé a ver si ya estaban mis compañeros en la banqueta, y en el ínter dejé la puerta abierta. Me paré con las manos sobre la cintura en actitud todopoderosa, cuando noté que un vecino estaba cerrando la puerta con llave. Alcé los brazos oscilatoriamente y le hice señas que sólo podían significar dos cosas:

"Estoy acá afuera y en un segundo entro y por favor no cierres con llave, por favor, señor en boxers y almohadazo en la cabeza".

O

"Soy una mujer fértil con las ganas suficientes para procrear niños con los esclavos rumanos que se la pasan pidiendo limosna en los países escandinavos y quiero que usted me dé su visto bueno sobre mi capacidad para agitar los brazos fuertemente y atraer a los gitanos mencionados".

Aparentemente, el tipejo entendió lo segundo y me cerró la puerta en la cara. La abrí con prominente ruido de llaves y fierros, y en cuanto entré, el imbecilazo me esperaba al final del pasillo.

- ¡Por qué dejas la puerta abierta, qué no ves que se azota! -si omito los signos de interrogación es porque en su frase no había preguntas, sino obvias imprecaciones.

Mi respuesta, con ceño fruncido y llaves en mano, fue:

- ¿Por qué me gritas? -si él me grita, yo lo tuteo. ¡Ajá! ¿Quién es el idiota ahora?

- ¡No-ves-que-la-puerta-se-azota! -cada vez con decibeles más altos.

En ese momento desfilaron ante mis ojos todos los zoquetes y taradas que me han tratado mal en mi vida: todas las secretarias ineptas, burócratas de medio pelo, profesoras frígidas, tenderos culeros, microbuseros hijos de puta, cajeras del mal y jefes que me han hecho patanadas constantes. En específico, pensé en estas personas:

1. Mi maestra de cuarto año de primaria. Me hacía la vida imposible por ningún motivo, se burlaba de mi subrepticio entusiasmo por los nombres de los días de la semana en relación con los planetas de la galaxia, y siempre se equivocaba al calificarme. Cuando ya estaba en quinto año, un día pasó junto a mí, me dio un papelito y me dijo que lo leyera hasta que estuviera en mi casa. Era una disculpa. Pero ya para qué, tarada, ya para qué: entonces ya había perdido el amor por la Astronomía.

2. Las dos ineptas de Segundo B que en el Instituto Plancarte me arrojaron unos bichos a la cabina del baño, y que luego me cerraron el paso en el angosto pasillo del segundo piso, y que luego lo negaron todo cuando las acusé con la "madre superiora" (o directora monja, ya no recuerdo ni cómo nos referíamos a ella).

4. El microbusero de la ruta 64 que se arrancó antes de que bajara ambos pies de la unidad, y que por tanto me revolcó en plena avenida Constituyentes de Querétaro.

5. La secretaria prepotente de servicios escolares en la UAQ, que jamás tenía una respuesta para nada pero sí un comentario hiriente del tipo "niña babosa, parece que eres de prepa".

6. La infeliz mentecata del 21 que atiende el Oxxo y que no quiso cambiarme mi ensalada echada a perder y que veladamente me acusó de pérfida un domingo por la mañana.

7. Todos los que ya no recuerdo, pero que seguro fueron muchos y me hicieron la vida de cuadritos, pero a los que jamás les dije nada, pero de los que hablé horriblemente en mi bló, pero que me hicieron llorar.

Así que luego de un desfile relámpago de todos los bullies de mi vida, con la cara roja de ira, pasé a su lado y le grité:

- Si me vuelves a gritar, PENDEJO, te demando.

Acto seguido: subí los cuatro pisos con tremendas zancadotas, y llegué a mi depto en menos de medio minuto. La sangre me latía furiosa por el cuerpo.

Jamás, nunca, en todos estos años que he aparentado ante ustedes y Alá nuestro señor ser una marimacha amarranavajas todas-las-puede... le había dicho pendejo a alguien. Vamos, ni un imbécil se me había salido. Lo común en mí es reaccionar de la siguiente forma:

Lo miro fijo. Pongo ojos llorosos. Aprieto los puños. Me desaparezco de la escena. Lloro abundantemente.

Pero no esta vez, no, señor. Esta vez le dije PENDEJO. ¿Y se sentía bien?

Lo terrible es que no lo sé todavía. Hay un triunfo pueril en imponerse de esa forma a las personas, pero sigo sin entender en qué consiste. Pienso en la voz de mi mamá, en la voz de todas las mamás del mundo, diciendo: "no te dejes, contéstales" (niéguenlo). Pienso en el orgullo estúpido de las mamás de hijos que pegan en lugar de los hijos que son pegados. En cómo una simple actitud a tus 8 años parece definir la clase de adulto que serás: un dejado que se saca los mocos, o un honorable sujeto que no-se-deja-de-nadie.

Tal vez quiero dejarme de la gente. Tal vez quiero acumular karma-points. Tal vez quiero ser técnica, y ser cortés aunque no lo merezcan. Tal vez... tal vez vuelva a decirle PUTO DE MIERDA cuando lo vea, oh sí.


8 de octubre de 2009

Post musical en tres tiempos

Primer tiempo

El domingo pasado fui a ver el segundo concierto de Depeche Mode, con los Raveonettes como banda abridora. Todo el espectáculo me gustó muchísimo, por razones tan disímbolas: Sharin Foo merece que la maten por glamourosa, bella y talentosa. Dave Gahan es el hombre más estúpidamente sexy del universo. Martin Gore me parece un hombre tan lúcido: es tan poético verlo en el centro de la fama, usando trajes brillantes, que me pone a temblar. Me gusta tanto porque es tan típicamente inglés, con sus dientes chuecos y su mal corte de pelo, con un talento excepcional que se impone a su timidez, con una sensibilidad desbordante... Mientras los veía cantar juntos pensaba que ambos eran los polos de un mismo hilo. Pensaba también que, en primera instancia, me gustaría conocer a un tipo como Dave, con el mismo protagonismo, sensualidad y la misma proclividad a la autodestrucción (a la que se impuso, ¡qué tan admirable es eso!). Sin embargo, creo que siempre escogería a alguien como Martin: un talento a raudales escondido en un empaque más bien ordinario, que te conmueve con pocas palabras y algunos gestos.


Segundo tiempo



Lo de los Emtiví fue por buena onda de los chicos de Chilango.com (del querido Xun, Justificar a ambos ladospara ser más exacta). Al lugar llegué sin grabadora ni cuaderno de notas -pero esto Xun no lo debe saber. Me hice amiga de unos fotógrafos de AP y EFE, algunos con acentos extranjeros, con los que me la pasé chacoteando sin prestar atención... hasta que aparecieron los de Placebo. Lo demás ya lo conté en mi post adolescente de abajo.


En general estuvo divertidito, porque entrando me encontré a los camaradas Fire Tony y Pinky (¡qué daño le han hecho los nicknames a nuestra vida diaria!). Mientras yo le gritaba de cosas a Panda, de las que luego me arrepentí porque me dieron lastimita al ser abucheados, malacopeé con una cuba en cada mano. Tener estilo es lo mío.




Tercer tiempo


En La Mosca en la red ya está disponible un texto que escribí sobre Candy. Lo curioso del asunto es que escribí dicha disertación en abril de este año, cuando acababa de conocerlos, y era natural llamarlos esos "extraños" con los que "fiesteé" fortuitamente. Hay muchas cosas inexactas, como que el primer sencillo ahora es, en efecto, "Party with a stranger". No obstante, disfrútenlo, porque es una oportunidad de conocer a una excelente banda mexicana (cosa que no me canso de repetir en este bló, cuya editora en jefe no tiene ninguna objeción al respecto... porque se llama igual que yo y le gusta untarse manteca de cacao y beber calimochos a la menor provocación). Escúchenme (virtualmente) cuando les digo que los Candy van a ser LA banda mexicana. Olvídense de Zoé y anexos, os digo.

6 de octubre de 2009

ZOMG


Acabo de llegar de los premios Emtiví. Eso no tiene nada de extraordinario, salvo que vi a mis ídolos tan cerca que de haber querido los hubiera tocado, y hubiera dicho: "ustedes son mi guía y mi luz y mi todo y mi..." y entonces un reportero me hubiera golpeado y me hubiera dicho: "quítate, niña, que estorbas" y yo hubiera llorado y me hubiera quejado con un tipo de seguridad, quien a su vez me hubiera dicho: "cállate, niña, no hagas dramas" y yo hubiera llorado más fuerte pero a la vez hubiera dicho: ZOMG, estuve tan cerca de Placebo que no me la creo, alguien traiga una ambulancia, y oh, siento un paro cardiaco, y ah, alguien por favor me puede llevar a urgencias y de una vez cambiarme los hipotéticos pañales.

En resumen: no puedo escribir ahora mismo porque tengo la emoción a flor de piel, y unas ocho cubas también circulando por mi sangre, pero ZOMG Placebo y mis amigos que hice ahí: unos fotógrafos argentinos de EFE, y otro de AP, y un par de Grita! y fui feliz, pero PLACEBOPLACEBOPLACEBO y entienden el post porque había barra libre y oh oh oh. Soy tan feliz que creo que me lanzaré por el balcón, pero antes publicaré un post.

Llamen al 911, will ya?


3 de octubre de 2009

Vimos Placebo y ningún hueso roto


El primer concierto al que fui en mi vida fue a uno de Placebo, en el Metropólitan. Julio de 2003, si la memoria no me falla. En esa época, a los 17 años, nada me importaba más que Placebo: Fanny y yo veíamos los videos que ella había descargado de internet, durante tres semanas ininterrumpidas a través de Kazaa u otro servicio de antaño, y decíamos BrianBrianBrian. También creíamos en el rumor de que Stephan y él habían tenido un amorío. En mi fuero interno, deseaba que "My sweet prince" fuera la canción de amor escrita de Molko a Olsdal.

Luego, cuando nos enteramos del concierto, empezamos a correr alrededor del circuito de la Preparatoria Sur. Yo pensaba que comprar un boleto de ¿450 pesos? era inalcanzable. Casi de inmediato pensé que no lo lograría, que esos lujos sólo le estaban permitidos a los citadinos con poder adquisitivo. Sin embargo, algo nos impulsó.

Carlita y yo empezamos a vender dulces en el salón. Suena como el plan más idiota del universo, pero tenía todo el sentido posible: comprábamos los dulces en una tienda/supermercado deprimente en avenida Pasteur, llamada Gary's, y luego les aumentábamos un porcentaje razonable. Las ganancias fueron visibles al cabo de dos semanas, o tres, y compramos el boleto en un MixUp recién abierto en la flamante Plaza Galerías.

Nos tocó en la penúltima fila. Tortuosamente revisábamos los planos del teatro Metropólitan, y sufríamos por la distancia, pero también nos creíamos con una suerte infinita por poder ver a nuestra banda favorita.

Una vez con el boleto, me di cuenta de que el viaje al DF me costaría más dinero del que mi venta de dulces me proveería. Ergo: tomé mi primer trabajo. Encuestadora para el Partido Acción Nacional.

Sé que es un shock descubrir que yo trabajé para ese partidete, pero necesitaba el dinero. Mi trabajo consistía en ir de casa en casa preguntando por quién iban a votar, y luego llenar unas hojitas con circulitos. Al cabo de un mes empecé a llenar los circulitos en la comodidad de mi casa.

Junté mil pesos. Pensaba que no era suficiente. La angustia se agrandaba: sin dinero suficiente, tan lejos del escenario, ¿qué pasaría el día final?

Uno antes mi mamá me pidió prestado el dinero de urgencia. Se lo di. Me dijo que al día siguiente me lo depositarían por la tarde.

Me fui tranquilamente al DF. Pasamos a Mundo E y comimos comida griega, corrimos por las escaleras, estábamos emocionados, éramos unos adolescentes estúpidos que creían tenerlo todo. Cuando fui a revisar al cajero, no había nada. ¡Cómo era posible! ¡Estafada por mi propia familia! Me puse a llorar sobre una banca hasta que Fanny llegó y dijo: dude, no pasa nada, dude.

Me depositaron a la media hora. Luego de eso nos fuimos al Metropólitan. El vecino de Jorge, quien nos llevó al DF en su Chevy, se fue a pasear en el coche y prometió pasar por nosotros después del concierto.

Naturalmente, nos compramos como cinco playeras antes de entrar al concierto (éramos vírgenes de conciertos... y de todo lo demás). Compramos binoculares, jamás estuvimos sentados en nuestros asientos, gritamos hasta que a los cuatro se nos apagó la garganta, no podíamos creerlo, éramos tan felices... Todavía conservo memorabilia del concierto: un encendedor que ya no prende, y una calcomanía que está pegada a mi escritorio.

Cuando el vecino llegó, por haber cometido una infracción, había perdido el celular de Carlita -quien a partir de entonces, sospechamos, desarrolló un karma negativo de celulares, pues siempre los pierde o se los roban.

En el momento no nos importó, regresamos a Querétaro y fuimos muy felices. Durante cinco días asistimos a la escuela con nuestras playeras del concierto (¡Ah! Los tiempos en que llegar con la playera del concierto anterior a la escuela era el atuendo más elegante posible).

Ese mismo año volvimos a verlos en la Concha Acústica, en Guadalajara. Fue un concierto sin precedentes: íntimo, al aire libre, estábamos hasta adelante, Brian cantó "Bésame mucho" a capella... Todavía lo considero uno de los mejores conciertos a los que he asistido.

Desde entonces he visto a Placebo más veces. Cinco o seis. Y, sin embargo, siempre me emociono, porque cada una es revisitar esa primera vez. De hecho, cada concierto, de cualquier banda, es un homenaje al Metropólitan en 2003 (a la fecha, mi mamá no entiende por qué me gusta ir a repegarme a un montón de gente y brincar y sudar y gritar y sufrir deshidratación y descargar adrenalina).

El miércoles vimos otra vez a Placebo. Muchas cosas eran diferentes: hay un nuevo baterista, un nuevo disco, Brian ya es un padre, yo ya no tengo que ahorrar por cinco meses para verlos -sólo por cuatro.

El concierto, extraordinario. A pesar de las constantes interrupciones de los señores que venden cervezas, refrescos y nieves de limón. A pesar de que tocaron casi puras canciones nuevas, y pocas clásicas. A pesar de. Creo que nunca me voy a cansar de verlos.

Lo bonito: la unión de la "banda queretana" con la "banda defeña". El encuentro de dos mundos. Y cómo nos une el amor por una banda. Joterías, diría Aline Salazar.

A continuación, fotografías flagrantemente robadas del Facebook de Defeña Salerosa y mi amigo Nidia "El loco" Sánchez:

Sí, eso es lo que veías desde tu lugar. Unas bonitas nieves de limón.


¿Qué sobra acá? ¡Buena noticia! Carla -baterista y MUY buena- se ganó una baqueta. Si eso no es destino, entonces no sé qué lo sea


Acá Defeña se cortó que porque el flash le hace daño y le causa cáncer o algo así. Nótese la mirada reflexiva de Queque (abajo, el Rufián Melancólico, que me hizo leer "Los siete locos", era virgen de Placebo)

Y todos en el éxtasis post-concierteril


En resumen: hola, mamá.



28 de septiembre de 2009

Elegir para luchar


El jueves fue un día curioso. En la tarde fui a ver
El luchador a la Cineteca. No lloré, lo cual es raro porque yo siempre lloro, incluso con los comerciales de pañales para bebés.

Sin embargo, me conmovió muchísimo. Su efecto en mí fue inmediato, desde los créditos mismos, en el momento en que aparecen las horrendas revistas ochenteras, con tipografías verde perico sobre blanco y negro, con frases como "su futuro vale oro" o algo en el mismo tono. Y, sobre todo, un detalle idiota que me situó en el corazón del patetismo: la cabellera rubia larguísima, falsa, con caireles desordenados.

Hay un ademán muy sutil que hace Mickey Rourke al entrar a un baño: mientras se está lavando las manos, se mira en el espejo con una mezcla de vanidad, lástima y vergüenza... y se acomoda el cabello. Es un gesto muy rápido, casi inadvertido, pero en eso reside su hermosura. En ese detalle estriba una actuación tan profunda, tan potente, que a todos nos dejó murmurando "sí, maldita sea, sí, se merecía el Óscar". Cuando en realidad queríamos decir: "sí, maldita sea, sí, Rourke es Randy "the Ram" Robinson". La misma gloria venida a menos, el mismo éxito malgastado, la sensación de que
el único lugar donde no te lastiman es ahí, bajo el spotlight, frente a los gritos de la gente que no te conoce.

Más tarde, sin darme cuenta primero de la coincidencia, fui a ver el espectáculo de las Improluchas. Consiste en dos duplas de actores improvisando sobre un ring, con réferi, carambolas y llaves ensayadas. Fue fantástico: nos reímos mucho, votamos por uno y por otro, y al final ganaron los técnicos -que sí, eran los mejores. El fenómeno curioso de las duplas es que en realidad ganan por una persona solamente, porque en todas hay una tabla sin agilidad mental ni carisma que sólo responde porque Alá es grande. Así que, en realidad, uno vota por la mitad de la dupla, y le da el triunfo también a alguien que no lo merece.

Al final, con música instrumental de fondo y una edición dinámica y en cámara lenta de los distintos personajes de mi serie personal, reflexioné sobre la lucha de la vida diaria y la imposibilidad del triunfo y la vida eterna de los camarones del golfo de México. Y cómo siempre, invariablemente, uno pertenece a dos categorías: rudo o técnico.

No sé en qué consista ser parte de una categoría u otra. Se me ocurren ejemplos, como a todos: rudo es el que opera con ofensivas, y no con defensivas. Rudo es el que consigue lo que quiere bajo filosofía maquiavélica. Rudo es el fuerte, el gañán, el exitoso, el que no se deja amilanar, el que responde a una bofetada con una patada en el culo y picándole los ojos al oponente.

Pero entonces, ¿técnico es el que se victimiza? ¿El que es pasivo y noble? ¿El que opera con la inteligencia, más que con la fuerza bruta? ¿El que sufre, al final, porque todos siempre lo abandonan?

Entonces pensé que Randy Ram era un luchador con todo en la vida para ser rudo, pero que al final se había decantado por la técnica. Un perdedor en cuerpo de ganador, quizás esa sea la definición exacta del técnico.

Supongo que, al final, siempre tenemos qué elegir de qué bando somos, para poder luchar adecuadamente. ¿Derribar a los rudos o resistir como los técnicos?

No me pregunten. Yo nací para réferi noqueado por accidente.


23 de septiembre de 2009

Mi oscuro secreto

Como todos los mortales, guardo mis secretos. Oscuras, terribles verdades que ni siquiera mis papás, mis hermanos, mis amigos saben.

Mi secreto se contradice en su esencia. Cuando salgo, o estoy en algún lugar, y alguien tiene la puntada de sacarme a bailar, ocurre el cisma: soy virtualmente incapaz para bailar. Mi inhabilidad es portentosa: no sé sacar el ritmo, le tengo un terror absurdo a las vueltas, y siempre piso a mi compañero y a las demás parejas. Mientras trato de bailar, mientras paulatinamente me pongo cada vez más roja y a la vez entorpezco aún más mis pasos, no dejo de repetir frases como "hay gente que tiene el ritmo y gente que no, yo ya acepté mi sino" y "es increíble tener sangre latina y no saber bailar" y "te lo juro que usualmente no soy tan torpe" y "por favor, no prolongues mi tortura y devuélveme a la silla" y "¿sabes dónde está la mesa del alcohol?".

No tiene nada de extraordinario. Hay gente que no sabe bailar y ya. Nadie los critica; es más: nadie se preocupa por ellos. Son invisibles, prescindibles, ordinarios. Son los bultos de la fiesta. Solamente están ahí, sentados, sin hacerle daño al mundo, s
in ser parte del mundo.

Nadie se sorprende que no sepa bailar. No es como si yo sea la persona más folklórica del universo. No tengo cultura musical popular, mis papás no se ponían a escuchar ritmos del mundo mientras limpiaban la sala, jamás tuve un novio con vena jipi que me enseñara a mover las caderas. ¿Quié me ha visto usando ropa de manta? ¿Quién me ha visto cantar rancheras con unos tequilas encima? Nada en mi persona sugiere ritmos calientes, fuego y salsa. Nada.

Y sin embargo... bailar es lo que secretamente más me gusta en el mundo.

En los párrafos de arriba no dejo de mencionar que no sé bailar, que es muy distinto a que no me guste bailar. Suena tonto de lejos, pero no en la práctica, como si alguien dijera "me ENCANTA escalar montañas, pero no sé escalarlas, y lo que es más: JAMÁS he escalado una montaña; mira, dame un sándwich de jamón de pavo".

Mi secreto es horrible. Ojalá no saber bailar no me causara tantos dilemas, porque si no me gustara podría poner una cara adusta y decir: no me gusta bailar, déjenme en paz, los odio a todos.

Sé dónde surgió todo. En la primaria tenía una maestra de educación medio malencarada. Sin embargo, cada que se aproximaba el festival de las madres nos ponía una coreografía "moderna". Era mi época favorita del año. Yo creía genuinamente tener un talento sobrenatural para bailar.

El mejor momento del día era salir al patio a ensayar. Y todo lo que acompañaba al evento era igualmente extraordinario: la confección del vestuario, la búsqueda de los accesorios (una vez recorrimos toda la Lagunilla para encontrar un paraguas amarillo del mango a la punta), la compra del calzado, los días inmediatos anteriores al baile, la emoción, el peinado, los nervios acompañados de la sensación de vómito antes de salir, pisar la duela del auditorio, escuchar el clic de la grabadora y bailar, bailar, como Billy Elliot y la electricidad, y volar y sentir que uno los mataba con los pasos...

Pero mi maestra jamás me puso de líder. En todos nuestros bailes había siempre una figura principal. A mí todos los años me lo prometía, pero al final siempre elegía a alguien más: su sobrina, una que ya "había visto el video en la tele" y "por lo tanto, ya se sabía la coreografía" (verídico), a otra que era más ligerita y menos alta... Ughr, ahora lo veo como un acto de crueldad.

Supongo que ella arruinó mis ilusiones y mató el ritmo en mi cuerpo. Desde entonces me volví una discapacitada en el baile. Ya nadie supo sacarme tres pasos. Recuerdo un recreo en la secundaria, y cómo todos bailaban, y cómo yo me sentía avergonzada por no saber hacerlo a mis ¡14 años!

Ahora tengo 23 y ya es muy tarde. Soy como la escaladora de montaña frustrada. Ni siquiera el alcohol me desinhibe. No hay poder humano que me saque una cumbia ideal. Luego me defiendo diciendo que el ritmo libre es lo mío, y que si pusieran música más flexible podrían ver mis increíbles pasos.

La verdad es que no. Sólo hay una persona en el mundo que me ve bailar todo el tiempo. Se llama Leonardo, tiene 3 años y soy su tía. Siempre que lo veo le pongo las bocinas a mi iPod, cierro las cortinas y escalo montañas. Eso es mejor que nada, creo.


19 de septiembre de 2009

Un poco de hostilidad no le hace daño a nadie

Por estos días había querido escribir sobre mi primer año en El Chamuco*, donde he aprendido tanto y he conocido a gente estupenda. Sin embargo, todo es complicado y difícil y hermoso y triste y extraordinario y desgarrador, como un romance tormentoso que no quiere terminar pero al mismo tiempo se desviste a la luz de las velas y se bate en una lucha a cuerpos sin principio ni final.

* ¿Notan que ya estoy actualizando el sitio de El Chamuco?

Mi único consuelo es que, como la heroína de Devil wears Prada, ya cumplí un año en un trabajo de bien. Ahora puedo hacer cualquier cosa: mi misión en el mundo está completada.

En realidad, han sido días difíciles. No soy feminista, ni me interesa, pero últimamente he pensado mucho en la idea de la mujer como objeto de ataques y diatribas varias. He sido víctima de tanta hostilidad que empiezo a pensar que no es la gente, sino el mundo. Que no es mi edificio, sino el país. Que no es la ciudad, sino todo.

Estamos absolutamente hundidos, hasta el cuello. El país se está yendo a la mierda, con toda franqueza. Y antes de que me levante de mi banquito, camine torpemente hacia una fuente de luz con mi bastoncito, tire mi dentadura por accidente y empiece a decir "¡en mich tiempoch lach cosach no eran como achora!", quiero pasar a la siguiente parte del post. No conviene aquí escribir un ensayo con tintes sociopolíticos.

Mis vecinos son unos hijos de puta. ¿Recuerdan cuando pensaba que eran unas basuras? Estaba equivocada: verdaderamente son unos hijos de puta. Todos. Cada departamento, cada piso, cada porción de metro cuadrado: todos. Cuando me vaya de ahí, el diablo en mi hombro espera que haya un temblor, y el edificio se caiga con todos ahí adentro.

-Por supuesto, mi estúpido ángel al hombro se persigna dieciocho veces ante esta perspectiva, y luego me obliga a dar una limosna para restablecer mi karma artificialmente-

Sus groserías y ataques directos han llegado a un nivel que me obligó a pronunciar, de pie frente al cubo en común: "Todos ustedes están muertos para mí. ¡Muertos!".


En otras noticias

Celebré el 15 de septiembre en Tepoztlán. A la mera hora ya no iba a ir, pero por fortuna fui convencida de último momento y me la pasé fenomenal.

Conocí a mi tocaya de San Francisco, Oakland. También el suizo más estúpidamente gracioso del mundo. De todos los extranjeros que he conocido, que no han sido pocos (pero tampoco muchos) (pero tampoco menos que muchos) (pero tampoco mucho más que pocos), éste se lleva la corona y el cetro al "Extranjero más estúpidamente gracioso del mundo", como establecí dos frases arriba. Supongo que gran parte de su dominio del español, su estadía en ciudades latinoamericanas, y sus altos consumos de chocolate suizo lo hacen virtualmente hábil para imitar y hasta mejorar el humor chilango más fino: de la burla al sarcasmo al humor blanco al humor negro al sarcasmo de nuevo y a la declamación de un poema en francés.

Lo que es curioso: hace dos semanas conocí a otro suizo. Este suizo era un nerdazo, con calcetines blancos y camisa Polo, tenía un doctorado en física cuántica, e intentaba bailar una cumbia sin éxito. Me cayó muy bien, pero este otro suizo le gana al primer suizo. Aunque este primer suizo no es el primer suizo, pues el año pasado conocí a otro suizo que te obligaba a mirarlo a los ojos mientras le decías "salud", y también era fenomenal. Creo que Suiza es un país con muchos suizos, qué curioso.

Esto me recuerda a mi historieta "Soy Polaco". Pueden verla en bajísima resolución (y cuando digo "bajísima resolución", en realidad quiero decir: les tomé fotos con una cámara digital) a continuación:

Soy Polaco Parte 1

Soy Polaco Parte 2

Soy Polaco Parte 3

Soy Polaco Parte 4

Soy Polaco Parte 5 (GRAN FINAL)


Ah, sí. En mi mini-viaje a Tepoztlán me mojé bajo la lluvia, me bañé con agua fría y luego me bebí unas Tepoznieves. Como resultado, estoy enferma de la garganta. A pesar de todo, fue increíble y me la pasé fenomenal. Creo que eso ya lo había dicho. La repetición es enfática.

Un ángulo estratégico del Tepozteco, a media mañana. Nótese cómo la bruma descendía.



Y esto es lo que vería usted si viviera en esa casa, frente al Tepozteco. Pero como no: JA-JA. Idiota.

El suizo recitando un poema. Lo olvidó al segundo verso.


Acá fuimos a desayunar al tianguis, aunque ya no encontramos birria. Comimos barbacoa con salsas exóticas de piña, mango, tamarindo y cacahuate. En primer plano, el suizo patea-traseros. En segundo, mi amigazo Jordy y mi amigazo Luis Urquieta -su servilleta dentro del sándwich- y Lillian sonriente.


En el camino de regreso, a Vincent le tocó ser el jamón de un sándwich de Lilianes. Cul.


¿Qué hicieron el 15? No, esperen. La verdad no me importa.

Un poco de hostilidad no me hace daño.





16 de septiembre de 2009

Not quite friends, but not quite strangers


El único disco que mi mamá me ha comprado de su bolsa fue
Frengers. Yo iba en la preparatoria, estábamos en una plazuela, pasamos frente a un MixUp y le pregunté, a bocajarro:

- ¿Me compras un disco?

Por supuesto, en mi pregunta había mucho cinismo. Para mí, en esa situación, era como preguntar: "¿puedo darle un macacazo a ese niño que está sosteniendo una nieve de guayaba?". Lo sorprendente no fue lo aventurado de mi propuesta, sino lo inverosímil de su respuesta: dijo que sí.

Entramos a la tienda y no tuve que recorrer ningún pasillo, ni pensar en nada más. Fui directo al
Frengers.

Lo puse en el camino de regreso en el coche. Ahí mismo lo rayé. Soy una imbécil.

Es uno de mis discos favoritos y a partir de entonces me hice fanática de Mew. En este bló lo mencioné una vez, cuando en la preparatoria tenía un complejo de emo que me hacía encerrarme en el salón con unas impresiones de internet y dos litros de un té de limón con hielos.

Desde entonces, espero con ilusión (la ilusión del niño sin gusto musical) cada disco nuevo. Y siempre pensaba: ojalá algún día vengan a México. Aunque, en el fondo, me parecía imposible.

Por eso, cuando supe que venían, no pensé otra cosa que DEBO IR, DÓNDE ESTÁN MIS LLAVES, TENGO QUE IR POR LOS BOLETOS, DAME UN LITRO DE CERVEZA, NI SIQUIERA MANEJO, OMG!!!1111

Adquirimos los boletos muy apresuradamente, y hasta entonces decidí entrarle al disco que apenas sacaron el mes pasado, cuyo título exacto es: No More Stories / Are Told Today / I'm Sorry / They Washed Away / No More Stories / The World Is Grey / I'm Tired / Let's Wash Away.

Lo escuché en un trayecto nocturno de camión, afuera llovía, y las circunstancias se prestaron para un viaje pacheco sin pachequez. ¡Qué extraordinario disco! ¡Qué texturas tan encontradas y contrastantes y raras hasta el punto de la belleza!


--pausa de casi una semana, en la que dejé el post recalentándose--


Gracias a la suerte, mis vigilantes en Twitter, Insurgentes casi despejado, y mi aipot... pude ganarme un pase doble para la grabación de Mew en Sesiones con Alejandro Franco. Estuvimos 4 horas en total de pie, pero fuimos testigos de detalles como:

1) Jonas Bjerre calienta la voz bostezando. Eso o estaba bostezando.

2) En el foro Condesa, aparentemente, los baños jamás están "habilitados".

3) Puedo aguantar cuatro horas sin ir al baño... aún con una vejiga del tamaño de la vejiga de Pulgarcito.

4) Mew PATEA TRASEROS.


Al día siguiente, el concierto en el ex-21: no fue tan cautivador en términos musicales que el día anterior, por la sencilla razón de que resulta difícil disfrutar la voz de Jonas si se empalma con la voz de pito de un tipo atrás de ti. Pero a lo que iba era a la descarga de adrenalina: meterme a los cocotazos y brincotear, sudar y sentir agradables codazos en la espalda. Fue un concierto perfecto, y fui demasiado feliz para ponerlo en palabras.

Lo más decepcionante es que no tengo foto de ningún evento. Sólo tengo fotografías mentales. Pero, curiosamente, son esas las que prefiero.

Estos muchachos me hacen volar...






7 de septiembre de 2009

Los amigos de mis amigos

Creo que hay un fenómeno en el terreno de la amistad que ocurre frecuentemente, pero cuyas consecuencias son olvidadas con facilidad: los amigos de nuestros amigos.

A mí me gusta conocer a los amigos de mis amigos, excepto cuando no me gusta, que es casi siempre. Cuando me caen gordos en el momento exacto en que me dicen "me llamo Juan" y me dan la mano, y luego hacen algo vulgar y execrable como reírse por una estupidez, hacer un comentario misógino/sexista/antisemita sin una pizca de gracia, decir que votaron por Calderón, o hacer bromitas a mis costillas.

Matemáticamente, no entiendo por qué casi siempre me caen mal los amigos de mis amigos. Se supone que mis amigos son mis amigos porque tenemos ciertos elementos ideológicos-de esparcimiento-culturales en común, y ellos a su vez comparten estos elementos con sus amigos. Ergo: al conocer a los amigos de mis amigos, estos amigos deberían ser mis amigos de inmediato, y así todos podríamos ser amigos y llamarnos amigos unos a otros.

(¿notan cómo he retacado este post de la palabra "amigos" hasta que pierda su significado? ¡Ajá! Tiene una razón semiótica)

Pero no sucede así, por lo cual he llegado a una conclusión que se antoja a paradoja: mis amigos tienen mal gusto para elegir a sus amigos. Pero si tienen mal gusto para elegir a sus amigos, y yo soy su amiga, entonces yo soy tan ruin, vil y asquerosa como sus amigos. Pero si yo fuera tan ruin, vil y asquerosa como esos amigos, entonces debería llevarme bien con esos amigos ruines, viles y asquerosos. Sencillamente, no lo entiendo.

Disclaimer: este post puede resultar chocante para mis amigos, y segurolas van a empezar a pensar "sí, claro, seguro te cae gordo mi amigo Zutano y mi amigo Mengano, mujer del mal", pero pues... me importa una naranjada. No tienen por qué.
Ejemplo 1:

El sábado fui a una reunión de cumpleaños. Como llegué cuando ya todos estaban entrados en el fiestón loco, hice una entrada tímida y me dirigí a las bebidas. Como mis amigas estaban siendo retratadas por un tipo, me paré cortésmente a un lado para esperar a saludarlas. Acto seguido, el amigo-no-mío que estaba sacando la foto me señaló con el dedo y dijo:

- Ella quiere salir en la foto.

Me dieron ganas de decirle:

- No me señales. Me llamo Lilián. No quiero salir en la foto. Y chinga a tu madre.

¿Pero lo hice? ¡No-ho! No, señor. Puse mi sonrisa más idiota, me senté a un lado de ellas, torcí la boca y salí en la foto con lo que en buen mexicano se conoce como jetota.

Más tarde, decidí beber como si no hubiera un mañana, con lo cual terminé bailando con el tipo amigo-no-mío, quien al final de la noche ya era mi amigo y a quien yo adoraba con todas mis fuerzas. O no, pero algo así.

Conclusión: el alcohol es el mejor lubricante social (¿de quién es esta gran frase?)

Ejemplo 2:

No hay ejemplo dos, pero se dan una idea. Cuando conozco a los amigos de mis amigos digo algo como "Lilián, mucho gusto" y luego le entierro un hipotético cuchillo en la espalda. Y ya.



31 de agosto de 2009

¿Eh? ¿Hoy es el día del qué?


El 25 de agosto cumplí 4 años como bloguera y lo olvidé por completo. En lugar de eso, comí curry con arroz blanco y salsa Sriracha, y después vi una película para niñas con mi amiga de infancia, y luego me fui a dormir y desperté sin la sensación del aniversario recién cumplido.

Sé que hay blogueros más antiguos, pero denme un corte: a nadie le importa.

Cómo empezó La Isla a Mediodía

Era un caluroso día de abril y yo cursaba el segundo año de mi educación universitaria. Un día, fuimos a un concierto de Placebo (sí, todo se remonta a un concierto de Placebo). Al salir, mi amiga Fanny me señaló un muchacho con los cabellos caídos y lentes de fondo de botella.

- Se llama Memo, y me gusta.

Luego lanzó una risita nerviosa y se fue saltando como duendecillo a través del estacionamiento del Palacio de los Deportes.

Unas meses más tarde, en agosto exactamente, yo estaba charlando con el individuo por Messenger. Su plática era aburridísima, contestaba con monosílabos, y llenaba los silencios con "jajajas" continuos. De pronto, la luz.

- Sí, lo que escribí en mi blog y entonces...

Blog.

Había leído esa palabra antes. Tenía nociones elementales de ella, como que era un diario en línea y cualquier zoquete con capacidad motriz en los pulgares podía tener uno. Y entonces pensé: si él tiene uno, yo debo tener uno.

Enseguida le pedí la dirección de su blog. No recuerdo el nombre, pero era una canción
indie muy de moda en el 2005.

Lo leí. Había un post kilométrico, escrito penosamente, sobre el primer pesero que había tomado en su vida (Memo vivía en Juriquilla y estudiaba en el Tec de Monterrey; fue uno de las primeros usuarios de Mac que yo conocí y fue quien descubrió bandas como Explosions in the sky antes de que los torrentes hicieran a cualquier zoquete con capacidad motriz en los pulgares un ex-per-to mu-si-cal, ¡uoooh!). De inmediato supe que yo tenía que abrir mi blog, sin haber leído ningún otro, sin saber qué era un blog exactamente, sin el concepto de blogósfera y comunidad que luego llegaría a conocer tan bien.

Mi capacidad de raciocinio fue asombrosa. Cuánta lógica demostré al construir la siguiente secuencia neuronal:

Si todos los dominios en internet terminan en punto-com, y un blog está en línea, para abrir un blog sólo tengo que teclear en mi navegador blog-punto-com

En efecto, abrí mi primer blog en la plataforma Blog.com. Nadie la conocía, porque estaba desfasada y trataba a sus usuarios como autistas con problemas para deglutir los alimentos y detectar el sarcasmo. El dominio surgió en un chispazo instantáneo: ya es tarde. Pero el nombre, oh, el nombre...

En mi escritorio de estudiante tenía un librito de cuentos de Julio Cortázar abierto. Era una edición viejísima de la colección Biblioteca Básica Salvat, que luego -en un acto de zoquetismo- presté para no ver más. El libro se llamaba "La isla a mediodía".

Fue muy fácil, muy estúpido, muy indoloro. En media hora, con una conexión telefónica repartida entre las 5 sujetas con las que vivía, ya tenía un blog. Me sentía importante, me sentía poderosa, me sentía especial.

Días antes, mientras caminaba por la facultad de Química, pensaba que sería genial poder escribir sobre los temas más arbitrarios y por ningún motivo... como... como... la genialidad del Yakult y por qué la cara de Toni Collete me daba risa. Súbitamente, de un deseo espontáneo sobre la marcha, me vi en la libertad de escribir ordinarieces de poca monta.

Ya era una bloguera.


Un poco de historia básica


Ahora quiero relatarles cómo eran los días de la prehistoria blogueril.

Los blogueros de antaño estábamos obligados a conocer nociones básicas de HTML. Como nuestros antepasados con las computadoras a base de perforaciones, nosotros teníamos que arreglárnoslas con las negritas y las itálicas, pero más importante: con el diseño de nuestros blogs.

Por mi parte, mi blog adquirió fama.

En mi cabeza.

Antes, en el viejo dominio, jamás escribía sobre mí. No subía fotos. Mantenía un bajo perfil y escribía lo más arbitrariamente posible, como si el guionista de una teleserie surrealista me poseyera cada noche.

Un día, luego de escribir un post sensacional entre repetidas idas a la cafetería de la facultad y al baño, Blog.com borró mi apunte. Así, de la nada. "Señorita: no se nos da la gana publicarle su adefesio, váyase por donde vino".

Herví en cólera. Escribí un post despidiéndome de un lugar en el que me sentí como la editora de mi propia revista. Antes escribía mis posts en riguroso documento de Word, editaba las fotos en Paint, y podía pasar horas subiéndolas pacientemente a mi cuenta de ¡Photobucket!

En ese primer blog -el papá de éste- escribí dos textos que nadie creería de tan largos (y patéticamente adolescentes): mi crónica de Interpol -15 cuartillas a renglón seguido, Times New Roman, 12 puntos- y mi crónica sobre el concierto tardío de HIM -30 cuartillas a renglón seguido, Times New Roman, 12 puntos-. Ensayé mucho de lo que ahora hago profesionalmente, y fui feliz, mientras todo mundo me preguntaba qué puñetas era un blog.

Me mudé a Blogspot con el mismo título, hermoso, aunque entonces yo odiaba las playas y el mediodía. En esta plataforma todo era sórdido, frío, poco amigable. La letra era muy pequeña; los márgenes, muy estrechos y tenía una sensación de claustrofobia cada que escribía. El primer diseño tenía fondo negro, con títulos verde pálido. Después, en mi búsqueda de plantillas, encontré una negri-naranja con unas palomitas de maíz. Era infame, hacía doler los ojos y me mostraba como una veterana darqui-guanabí sin ilusiones... pero roqueaba mi mundo.

No encontré un screenshot del antiguo, ni en archive.org ni en el caché de Google. La querida @Blue4 me mandó esta impresión, que se le asemeja mucho al antiguo diseño


Más tarde, convencida por los lectores que se quejaban de vista cansada, me diseñé una plantilla con elementos tropicales. Era horrenda, pero fue mía 100 por ciento. Me desvelaba diario, hasta las 5 de la mañana, porque alguna letra inmunda en el hipertexto no cuadraba. A pesar de lo árido de la tarea, me
divertía. Eran tiempos antes del sexo con prostitutos negros.

Sí, resulta increíble pensar ahora que esa cosa era mi header, y que lo había dibujado en Paint, y que esa era mi descripción y que... (click para agrandar y deleitarse, desde luego)



Convencida de mis dotes de "programadora", me di el lujo de ostentar una plantilla navideña. No recuerdo mejor invierno que ese.


¿Y qué? ¿A un montón de copos de nieve lo llamas "diseño navideño"? ¡Dame un corte! (click para... ya saben qué)


Ahora que escribo esto pienso en el camino que he recorrido con el blog. Suena idiota, como si de pronto a un tipo se le ocurriera componerle una oda a su sillón: "Oh, sillón, ¿recuerdas cuando derramé Coca-Cola en tu tapiz? ¡Y cómo olvidar cuando pude fajarme a mi vecinita sobre tus cojines!".

El blog ha sido una de las cosas más constantes en mi vida (todo mundo aquí agrega: "y yo que soy la persona más inconstante del universo", pero son pavadas: yo soy muy constante con mis vicios). En él he consignado todos mis estados de ánimo, he revelado cosas absurdas, he cometido errores garrafales, me he expuesto y he pedido disculpas con lágrimas que nadie ve, porque los posts vienen sin video integrado de su escritura. Me ha hecho encontrar todo, me ha hecho perder casi nada.

Antes pensaba que cuando por fin escribiera de manera profesional, eventualmente abandonaría el blog. Me parecía un pasatiempo de juventud, una bonita forma de regodearse en la chispa y la jocosidad mundana. Hoy pienso que un blog es necesario, aún frente a la escritura impresa. En ningún lado escribiría como aquí (en ningún lado me dejarían escribir como aquí). Y cuando todo se vaya a la mierda, cuando todo deje de funcionar, cuando me corran de todos lados y los proyectos se deshagan como emamens en la boca, regresaré a mi blog y escribiré. Y aún antes, mientras todo se sostenga y sea feliz y productivo y satisfactorio, aún así escribiré.


Ya es tarde, de hecho

Hace poco se me ocurrió buscar un texto de mi otro blog. Segura, como otras veces, tecleé en mi navegador "www.yaestarde.blog.com". No apareció nada. Había un nuevo diseño de Blog.com, que descaradamente me preguntaba what's your story? Me quedé helada frente al monitor. Los desgraciados hijos de puta habían borrado mi blog y no habían tenido la delicadeza de informármelo. Me sumí en la más honda depresión, hasta que, 3.4 minutos después, en Twitter me dijeron que buscara en archive.org

Lo encontré todo.

La primera entrada. Todo sobre fondo blanco, casi sin fotos, porque todas se perdieron. Mi texto kilométrico sobre el parecido entre Mia Farrow y Chris Martin. Por qué me gustaba La playa. Lo que odiaba de Ratzinger. Y luego esos dos textos que hoy me avergüenzan mucho, por lo clavados y lo ingenuos, que son los de HIM e Interpol (no pongo links por pudor, pero los encontrarán, ¡los encontrarán!).

Casi todo está aquí.

Luego, mi primer post en Blogspot, en febrero del 2006.

A pesar de todo, si me preguntaran cuál es mi post favorito de entre todos, no me resulta difícil contestar. Es uno que ni siquiera tiene comentarios, que pasó de largo y se olvidó, pero que me recuerda un verano específico en el que todo cambió.

Me gusta por la cantidad de interpretación que contiene. Ese verano, ahora lo digo, murió quien fuera mi amor platónico de la juventud, a la absurda edad de 17 años. Como lenitivo instantáneo, me encerré en mi cuarto y leí hasta que los ojos me dolieron. Leía desde que amanecía hasta que anochecía, casi sin salir. Este post es un mapa de mis lecturas y mis pensamientos:

Resumen de las vacaciones de su servilleta


En cuanto al futuro...

Todos los sitios deben evolucionar. El mío tendrá una transformación profunda: ya no me gusta la letra. ¿Courier les emociona?

Chancán-chancán.




Este post fue inspirado por el Día del Blog, que es casi igual al Día del Sillón y al Día del Gas Pimienta Caduco.


Distintas Latitudes


Me gusta hablar de Distintas Latitudes, porque es un proyecto que da caché instantáneo y que surgió como mera iniciativa de Jordy, a la que yo me uní en el ardor del momento: la idea de una revista electrónica con colaboradores hispanoamericanos, sobre temas políticos y sociales, desde la perspectiva joven... sonaba muy bello, muy honorable, muy elevado en palabras.

Sin embargo, del entusiasmo de unos pocos surgió un proyecto muy consolidado. He sido testigo de cómo Jordy le habla a todo mundo de él, de cómo logró reunir un Consejo Editorial fuerte y unido, de cómo ha sufrido para pagarle a programadores, diseñadores y hasta impresores para que la revista viva. Y de ese entusiasmo primigenio hay hoy más de 30 colaborades de 9 países, una infinidad de textos que hablan desde el arte contemporáneo al conflicto de Estado en Honduras, al abril negro de Venezuela y la crisis del agua en México, del crecimiento económico en Brasil a la explotación minera en Chile.

He conocido a personas que con toda justicia puedo calificar de "increíbles", y eso que es un adjetivo que, con otra entonación y sin el
ible, me suena a barrabasada de niña adinerada. Muchos de ellos, personas muy cultas, que me intimidaron ipso facto. Pero la convivencia con ellos ha sido provechosa, estimulante, casi de miedo, porque ha puesto de relieve muchos asuntos que había descuidado en pos de la cultura pop y las fritangas con salsa Valentina: la academia, la escritura rigurosa, la investigación, los pies de página, el correcto citado, la interpretación puntual de los hechos y de los textos. Fue como si regresara a las buenas materias de la universidad, que fueron pocas, y sin compañeros que se sacaran los mocos o jugaran gato mientras alguna eminencia hablara sobre un asunto importante (y sin que yo llegara tarde a absolutamente todas las clases y me dedicara a llenar de dibujitos las últimas hojas de cada cuaderno).

En Distintas Latitudes ya hay o habrá blogueros que aprecio desmedidamente: don Rufián Melancólico, El Nahual, Lear, Defeña Salerosa --ya consíganse
nicks menos vergonzosos de citar--, Luis Gabriel Urquieta y Queque.

La comunidad se hace cada vez más grande, y ese es el punto. Veo apenas la posibilidad de continuar escribiendo de una forma más, digamos,
profesional. No tanto lo que posteo en Mis Textos Serios, sino algo nuevo, algo diferente.

Mi primer texto era sobre la crisis en México, y como tuvo un par de detalles jocosos metidos con calzador, la gente pensó que estuvo bien. La verdad, como bien me dijo alguien que le sabe (monero Hernández), no dice nada básicamente. Es como lo que me recordaban en mi casa cada que sufría una crisis de verborrea: hablas mucho, pero no dices nada.

Aún así:

La crisis en México: conjetura en el aire.

***

Mi segundo texto fue más bien un resumen de mi trabajo de investigación en la universidad, que fue sobre la novela Mapocho, de Nona Fernández, y el papel de la literatura chilena post-dictadura. Naturalmente, es un compilado nada más y tampoco dice mucho, como bien asentaron algunos ácidos lectores.

Mapocho: la novela de transición en Chile

En el tercer número no escribí, porque la crisis climática me es ajena y me produce una auto-vergüenza difícil de definir.

***

En este número escribí sobre los juicios vertidos contra Milan Kundera el año pasado, y su posible
culpabilidad por el crimen de delación.

Me gusta pensar que lo hizo: la verdadera broma de Kundera

(a propósito, creo que tengo una fijación con los dos puntos en un título; creo que le da aire de tratado antropológico/sociológico/serio)

***


Lean la revista, comenten y denle difusión. Casi no digo esta clase de cosas, pero es un proyecto creado con el corazón y otras vísceras; no tiene ánimos de lucro y está dedicado a la difusión de la cultura, el análisis, la reflexión de algo que debería sernos muy caro como jóvenes latinoamericanos, una etiqueta que olvidamos ponernos siempre. Y que es la única que deberíamos tener puesta en todo momento.





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26 de agosto de 2009

La magdalena en aceite


Cuando era chica, mi mamá y yo teníamos una costumbre establecida: después de salir de la farmacia de la tía abuela Guadalupe Real, íbamos a cenar unos tacos con una señora a la que llaman doña Vicky (supongo que su nombre es Victoria, pero no tengo pruebas suficientes) (seguiré en la pesquisa).

Sólo a ella y a mí nos gustaban. Los llamábamos "tacos de aire", porque eran unas flautas imposiblemente delgadas, con una guarnición que de tan ordinaria sólo parece despertar lástima (col, jitomate, crema, chiles en vinagre y unas deliciosas papas aceitosas y fritangueadas). Eran un placer de los dioses.

Desde siempre, asocié esos tacos con Guadalupe Real. Eran indisolubles: el trayecto de la botica, antigua y obsoleta, a la fondita de doña Vicky.

Un día, doña Vicky cerró el local. Cuatro años después, mi tía Guadalupe Real murió.

Ambas cosas terminaron tajantemente, sin posibilidad de secuela. El platillo (¿podría llamarle platillo a una garnacha tan vulgar?) que más había disfrutado en mi incipiente vida, en la vida del niño que no conoce más sazón que el de su madre y el de la comida rápida. Y mi tía Guadalupe Real, el personaje que ha ejercido la mayor influencia -me atrevo a decir-
literaria en mí. Ambos se fueron.

En cuanto a los tacos, supongo que magnifiqué su recuerdo ante la certeza de que no iba a probar otros igual. Es difícil describir en qué consistía su grandiosidad; era más bien una conjunción de elementos (sumados a circunstancias externas: el trayecto por la noche, mis 10 años recién cumplidos, la sensación de la aventura en complicidad con la madre).

He estado en casa de mis papás desde el sábado: nada extraordinario, pero sí edificante. Hace un rato, mi mamá me llamó. Me puse una chamarra, me subí al coche y le pregunté a dónde íbamos. Me confió con otra modulación en la voz: "doña Vicky volvió a abrir".

¿Es absurdo decir que sentí una contracción en el estómago? No era el hambre, ni el antojo postergado. Era una sensación de nostalgia renacida, similar a la que se experimenta cuando se entra a la casa de infancia, o se encuentra un cuaderno de garabatos extraviado hace tiempo. Lo que sentí, lo que temí casi, fue que dentro de poco estaría cara a cara con uno de los recuerdos sensoriales más intensos de mi niñez. Probaría de nuevo algo que fácilmente tenía 13 años sin comer, y a ese
algo se le sumaban otras sensaciones: la inocencia de la infancia, los anaqueles de la botica, mi mamá con mi tía abuela, quien fungió como su madre la mayor parte de su vida.

El local ahora está en una ranchería a las afueras. Allá fuimos, con el temor de que estuviera cerrado. Le dije que por mí no importaba, habría de ir a pie hasta donde estuviera. Y cuando vimos la luz a la entrada, y las mesas de plástico, y mi mamá se estacionó y nos acercamos a la lumbre, escuchamos el chisporroteo del aceite y ambas lanzamos un gritito ante lo expectante, lo añorado.

Me comí tres órdenes casi sin respirar, y el sabor era tal como lo recordaba. Y todo volvió, como en el episodio de Proust con las magdalenas. Mi mamá miró su plato un rato, luego a doña Vicky y le dijo que esos tacos le recordaban a su tía Guadalupe Real.

Recuerdo haber escrito un cuento sobre su muerte: llevaba dos años agonizando por cáncer de mama, y mi mamá la cuidaba a diario. Yo me aparecía de pronto, casi no decía nada; me sentaba frente a su cama, ahora lo entiendo, a verla morir. También recuerdo que ese día llegué a su casona en el centro, y desde que entré al patio tuve la certeza de que estaba muerta. El episodio es similar a los cuentitos del realismo mágico: cuando entré a su cuarto, en el quicio de la puerta, vi que le quitaban los pantalones de su pijama. Creí que me había equivocado, que seguía viva después de todo, pero cuando mi mamá levantó la cara y me miró, supe que sí: estaba muerta.

Cuando digo que su influencia es literaria no lo digo porque ella me hiciera leer, o me hubiera mostrado una puerta hacia la literatura. Lo único que leía era la fecha de caducidad de sus medicinas y las revistas de viaje que le llegaban por correo. Pero su capacidad como personaje era asombrosa: todo en ella era teatral, llevado al extremo, pasado por todos los disparates. Era asombrosa, con una cualidad de malvada y mártir fundida en una sola que hasta hoy a todos nos sorprende: la forma en que la maldad y la bondad aparecían en ella de la forma más natural, sin transiciones visibles.

De todo esto no pienso seguido. Pero los tacos de doña Vicky, como reflejo de Pavlov, me trajeron esas imágenes mentales a la cabeza. El recuerdo y la sensación fueron como atravesar un portal de tiempo: ¿cómo era posible que ahora, a mis 23 años, en el año 2009, regresara tan nítidamente a una etapa de mi vida ya abandonada?

Eso me hace pensar también que, tal vez, el recuerdo habita en un lugar distinto a la mente. En un lugar más accesible, disponible a nuestra existencia, en los objetos más ordinarios. Como con los tacos de doña Vicky, de los que no volveré a separarme jamás.






19 de agosto de 2009

Ya estoy reconciliada con el freelance y otros temas de gran importancia


Sencillamente, en un viaje exprés a Querétaro, me di cuenta de que es mil veces mejor que los horarios castigadores de las empresas. De todos modos pierdes el tiempo. De todos modos esperas desde las 11 de la mañana, con un ansia loca y estúpida, la hora de la comida. De todos modos, después de la comida, te sientas somnoliento frente a la computadora y tu cerebro se desconecta, se deja ir, entra en un estado catatónico apacible y despreocupado. Trabajas con los músculos contraídos porque dormiste mal y poco. Ves a tu jefe y te dan ganas de apuñalarlo, porque después de todo, su trabajo es vigilar que seas productivo y estés haciendo
algo constantemente.

De todos modos, todos trabajamos lo mismo. Todos tenemos fechas límite, y entregamos el trabajo hecho sin importar los desvelos, las inyecciones cafeínicas (o heroínicas), y los tiempos perdidos en esos estados catatónicos. La diferencia es que el empleado de oficina los padece frente al monitor o la máquina de cafés o sentado en el baño con los pies alzados para que nadie lo vea. Y los frilanseros, ja: los frilanseros los empleamos frente a la televisión. O en un parque. O en un Burger King. O en una clínica de rehabilitación.

***

Como les decía, estuve en Querétaro. Tenía objetivos muy claros: ir a la graduación de Fanny, que por fin ya es cocinera profesional (gastrónoma, pues), y arreglar lo de mi titulación.

En lo segundo, como siempre, me hicieron dar 54,9 vueltas alrededor del campus, persiguiendo documentos puñeteros aquí y allá. O esperando a las secretarias/encargadas de biblioteca, que como buenas asalariadas, son impuntuales e ineficientes. Luego tuve que ir al periódico de mis prácticas profesionales por una puñetera firma: por supuesto, mi ex jefe no estuvo sino hasta la tercera vez. Sentí escalofríos nomás de caminar por esa hórrida calle, repleta de bodegas de azulejos y albercas.

Ese jueves nos tomamos unos martinis, y luego procedimos a seguir matando neuronas con el ya desaparecido bloguerísticamente Calleja. Esto lo cuento porque surgió un chiste estúpido que hemos repetido ad nauseam en Twitter, y que no es gracioso a menos que hayas estado ahí.

Sentados en el jardín de su casa, mi amiga María vio una lucecita en un árbol. Como hasta entonces habíamos estado filosofando barato, reacción lógica de la ingesta de sustancias ilegales, María reaccionó rápido:

- ¿Es eso una lucecita que está parpadeando desde el farol de la calle... o es el diablo?

Lo dijo con tanta seguridad en sus palabras, con una irrefutabilidad tan evidente, que todos coincidimos en que si no era la luz,
forzosamente tenía que ser el diablo. Sólo eran dos opciones: un efecto natural o el mismísimo Belcebú.

A partir de ahí, de la deformación de una broma, le dimos al DIABLO una entonación de gringo explicándole algo inexplicable a un mexicano. ¡Es EL DIABLOU! Y desde ese momento, y hasta la fecha, hemos pasado casi 36 horas totales riéndonos del asunto. Es increíble cómo una broma puede durar tanto tiempo, casi sin alteración, y renacer en el momento exacto en que ya estaba muerta. Tres horas después, cuando alguien se quedaba callado, era pertinente preguntar si eso era el silencio.. O EL DIABLOU.

El viernes tuve una mañana difícil. Me había quedado sin un peso en la bolsa, y tuve que despertar a Fanny para que me prestara ¡1oo pesos! para sacar mis cartas de no adeudo a la biblioteca. En el camino, llamaba a mi "pagador" para que me pagara, pero no me contestaba. Me daba de topes contra todas las paredes de mi antiguo recorrido a la facultad. Veía niños y me daban ganas de patearlos. Veía parejas y me daban ganas de desollarlas. Veía hot-dogs y me daban ganas de comérmelos.

En la universidad, por supuesto, nadie trabaja antes de las 1o de la mañana. Di vueltas absurdas, hablé con una secretaria y le comenté que la ineficiencia de la burocracia era pasmosa, y al hacerlo las lágrimas rutilantes estaban al borde del derrame. Avergonzada, corrí a refugiarme en el único sitio que siempre me ha aceptado con los brazos abiertos: el internet.

Me enteré de una gran noticia.

Finalmente, pude resolver el absurdo. Me titulo antes de que acabe el año, como 18 meses después de lo que tenía proyectado. Mi plan maligno e infantil de titularme antes que todos mis compañeritos, con el único fin de chingarlos simbólicamente, se fue al caño en el momento en que casi la totalidad se tituló antes que yo. Pero no me importa, porque yo tengo un... líquido para limpiar lentes de armazón.

El sábado fui a sacarme unas fotos ovales, y luego vagué por el centro (previendo el pandemonium en casa de Fanny, donde había casa llena). Fue un paseo reparador. Querétaro me gusta muchísimo en tanto que cada esquina y cada calle me trae un recuerdo específico de la adolescencia. Sin embargo, hay tanto que no me gusta de esa ciudad. Hay tanto que me hubiera gustado no vivir ahí. Hay tantos anuncios mal escritos, tantos camiones que en algún momento me tiraron en alguna avenida (verídico), tantas distancias qué recorrer para tomar un transporte público, tantas reminiscencias de la pobreza universitaria y las comidas de cartón.

La graduación fue bonita. Bebimos y comimos como reyes (o como invitados de graduación de estudiantes de Gastronomía, que se le asemeja). Nos burlamos de la gente, para anticiparnos a las burlas de la gente, y bailamos desde nuestro lugar. Al salir, la pose DEL DIABLOU:



Hace mucho que no escribía posts tan pormenorizados de mis actividades. Otro logro: vencí un nuevo paradigma alimenticio, y comí pancita. No vomité.

Finalmente, fue un buen viaje. Pensé en muchas cosas. Todo este mes ha sido de replanteamientos muy grandes, que empezaron con un post iracundo (¡hola, rechazados de la UNAM!) y culminaron en una de las acciones más abominables que he cometido (¡hola, flaggeo innecesario!). Es como cuando uno tiene la certeza de que es horrible, y luego lo comprueba, y luego piensa que no, pero luego otra vez lo piensa... y al mismo tiempo reconsidera sus afiliaciones políticas, sus creencias e ideologías, y mientras tanto se da la oportunidad de probar platillos como la lengua en escabeche y el caldo de pancita.

De ahora en adelante, hay muchas cosas qué demostrar.






¡EL DIABLOU!



17 de agosto de 2009

Su nombre es Howard Wolowitz

Mírenlo.




Este tipo me gustaba en la secundaria.

El mismo peinado absurdo, la misma mirada semi-concentrada no obstante imbécil, la narizota descomunal y los mismos gestos que te harían correr desesperadamente por una vereda, con la ropa destrozada, sangre de vaca en el rostro, y un tipo con una motosierra y una máscara de cuero persiguiéndote.

Ahora puedo decirlo: Wilfrido. Todos los que tuvieron la desdicha de conocerme en aquella época, mis dulces 13-14 años, recordarán que el tipín me gustaba mucho. Era un idiota, como todos los idiotas de su edad, pero a mí me parecía guapísimo. No precisamente brillante, pero a quién le importaba.

Su primo, que iba en mi salón, fue un día a mi casa y vio la descomunal carta de reyes familiar que mi hermana había escrito. Ahí pedía algo para cada uno. Como yo era una idiota, como todas las idiotas de mi edad, había pedido tener un NOVIO. A un lado estaba escrito, con letra chiquita y temblorosa, el nombre del narigón del peinado absurdo.

Estábamos Wallie y yo sentados en la mesa del comedor, haciendo quién sabe qué idiotez propia de los idiotas de nuestra edad, y yo estaba de espaldas a la infame carta. Veía que Wallie miraba detrás de mí y se reía, pero yo pensaba que tenía una infatuación adolescente con mi cabellera. Cuando se fue, volteé hacia mi lugar y ahí estaba: la prueba definitiva, trágica, de mi gusto por su primo hermano.

¡Oh, cuánto sufrí!

Wilfrido era novio de mi prima Robustina, dos años menor. Aún así, como mis primas eran esa clase de muchachas de campo que de alguna manera se las arreglan para ser muy cool, fui introducida a un mundo que no conocía (yo, que me desvelaba viendo Nickelodeon y vestía con pants y playeras de ponys con alitas de colores). Íbamos a montar, a hacer fogatas, a su rancho a decir que éramos geniales por tener 14 años, ir a un rancho y prender una fogata; a montar otra vez, a ver películas que sus papás quitaban porque decían muchas groserías y dos personas se besaban repetidamente, a comprar un helado, a ver a sus primos que no eran mis primos.

Cuando llegó otro primo que no era mi primo, y cuyo nombre ya ni recuerdo, Wilfrido me jugó una mala broma. Había llegado yo a la casa de mis primas, para entonces ya con nuevo peinado y ropa decente (i.e. pescadores, chamarra de mezclilla y una blusa roja TODOS los días durante TODO ese "verano"), y sus primos estaban ahí con sus cabelleras y su guapura adolescente. Yo dije alguna tontera y me fui a mi casa. Más tarde, Wilfrido me habló por teléfono para decirme que yo le había gustado al primo de mis primas.

Mentira flagrante.

Luego, cuando cumplí los 15, me mudé a Querétaro y seguí viendo a Wilfrido, que vivía por mi prepa. Ahí me presentó a su amigo XXX, que no se llamaba XXX pero que le decían así porque entonces XXX todavía estaba de moda, y su amigo XXX me acosaba. Y luego ya no. Y luego otro día fui a casa de las primas de Wilfrido a comer por el cumpleaños de una de ellas, y luego fuimos al cine y no traía lentes y no vi nada y no recuerdo de qué trataba, pero era Final Fantasy.

-si sienten que estoy divagando, mándenme un correo al pasado, al momento en el que estaba escribiendo el post-

Oquei. El punto es que a mí me gustaba un tipo así de perdedor. Y la verdad es que hace ya unos días que me había dado cuenta de que Simon Helberg es idéntico a ese Wilfrido que nunca me hizo caso, que me mandaba mails como uno, que hablaba con una falsa papa en la boca, que estaba larguirucho y tonto, y que se tardó como 7 años en acabar la prepa. Y tenía un punto, uno muy bueno, pero otra vez lo olvidé.



PD. A Wilfrido lo olvidé de inmediato, sólo para infatuarme ipso facto con un sujeto que usaba playeras negras, tenía el cabello largo y decía "grrrrooooar" a la menor provocación.


En este momento no me le quiero ni acercar al blog


Me ha hecho cometer pura barrabasada.

Por ejemplo: cuando me enojo, no soy simpática y atractiva como muchos de ustedes establecieron jocosamente en algunos comentarios. No: en realidad soy vengativa y rencorosa. Debo tantas disculpas.



¡Pero... I'll be back! (con voz del Governatorrr).


Y ahora, para sentir que el blog me ha servido aunque sea un poquito, quiero hacer una petición (como en pizarrón de avisos).

***

Se solicitan DOS boletos DOS para el concierto de los Kings of Leon, en pista. Gracias. Comunicarse a mi correo, otraisla@gmail.com, para afinar detalles. Estoy semi-dispuesta a donar un poco de sangre de caballo a cambio.

Cambio y fuera.



4 de agosto de 2009

Ya no estoy enojada


En serio. Les voy a confesar lo que ocurrió:

Tengo sífilis.











Mala broma.

Soy de mecha corta. Y me regañaron unos minutos antes, injustamente, así que mi sangre hervía en su propio caldo coloidal. Ergo: no estaba para aguantar hijodeputeces.

Usualmente no exploto. No suelo arrojar vasos con líquidos en la cara de la gente, patear carros, romper ventanas ni estrellarme el cráneo contra la pared. Usualmente, cuando me enojo, me guardo mis rencores en la entraña, hasta que se mimetizan con mis demás vísceras... y luego me da peritonitis.

Pero qué importa lo que me ocurre usualmente.

¿YA VIERON TERMINATOR?

Por Alá. No vale la pena hablar de la nueva, no. De las dos primeras, por Alá. Cómo explicar que desde entonces le tengo un terror infundamentado a los tráilers, y otro poco a los robots sanguinarios, y otro poco a los Arnoldos Chuachueneguers del futuro.

Pero eso ya lo sabían.

Nada: sólo quería establecer que ya estoy otra vez de buen humor.







Éjele. Ándense con cuidado, cabroncetes.




Con amor, Lilián



1 de agosto de 2009

Terminamos la sección de aforismos incorrectos con éste, el más grande


Que ocurrió un día que le pregunté a Luis Mariano lo siguiente:

- Oye, ¿y tú has escuchado a los Beatles?

A lo que él, muy seguro de sí mismo en su infinita sabiduría contenida en 11 años de existencia, me contestó.

- Y tú... ¿has escuchado a los Jonas Brothers?


Mis aplausos jamás serán lo suficientemente sonoros.



PD. El verdadero quid de esta noche está aquí. Entérese.

31 de julio de 2009

Lo bueno es que este blog es pro-debate



Si no, cómo.

Nunca le había contestado culero a un lector de este blog



Pero a veces se me mete el diablo, sin albur.

Otra de las 78539749302032 cosas que me molestan


Que vengan USTEDES a MI blog a decirme cómo me debo comportar. Si la corrupción les produce tantas ámpulas, podrían mudarse a Finlandia, o pretender vivir en la negación absoluta.

En serio, si no tienen el mínimo sentido del humor, o la mínima conexión neuronal para detectarlo, ni se molesten en comentar hijodeputeces. Y no sientan que pueden "regañarme", ni que tuviera 12 años.








Mentales al menos, sí.


Y entonces...


Caminas por Reforma para ir por un frapuchino descafeinado a esa cadena del mal, en lugar del café de cuarta categoría de siempre, porque piensas que una caminata al aire libre te despejará la mente. Y el mal humor se diluye poco a poco, mientras miras un templete sobre el Ángel, una pareja gay tomada de la mano, unos niños sacándose fotos con los animales de metal, una loca sentada en una banca gritando que "en cuanto vaya a Tampico se los voy a quitar a TODOS, a TODOS, ya lo verán". Y entonces te das cuenta de que tu vida no es tan desgraciada como creías, sino tal vez todo lo contrario.




Hasta que la pendeja pone en tu frapuchino "liliam"... Y entonces recuerdas que la humanidad está condenada.

Actualización:


Quería poner algo desagradable al final, para que la cursilería/bipolaridad/cambios hormonales no se me notaran demasiado. La verdad, la muchacha fue muy amable. Pero igual todos estamos condenados.


Una de las 78539749302032 cosas que me molestan



Tener que estar conectada al Messenger cuando no quiero. Que el Messenger de la Mac no te deje estar como no-conectado y poder chatear (¿o se puede? En ese caso, odio no saber cómo lograrlo). Odio a la gente. Odio hablar. Odio estar tan de malas.

-inserte onomatopeya de platillos en señal de chascarrillo idiota-.


Pensamientos twitteranos destinados al blog


Una ya no puede estar leyendo tranquilamente en el baño sin que suene el celular en la otra habitación.

Solución: meter el celular al baño y no avisarle al interlocutor.



Algunos de ustedes a veces me hinchan las hipotéticas bolas


La verdad.


P.D.

¿Ya leyeron a Guillermo Sheridan? Supongo que él sabe una o dos cosas más.